miércoles, 29 de julio de 2015

Pobre en vida, querido en muerte.

Después de estar meses sin escribir nada retomo esto con algo que me ha venido a la cabeza en esta noche de verano y que me parece algo por lo menos curioso.

Me refiero a eso de que parezca que se valora más a una persona cuando esta ha fallecido. En vida hay mucha gente que no se la valora prácticamente por nada de lo que hace pero luego cuando esa persona fallece todo el mundo le recuerda, como si las personas que lo hacen estuvieran más cómodas con el hecho de hacerlo que con la persona que ha perdido la vida en si, como si no les importase nada más que su yo espiritual, su propio bienestar. Con esto no quiero decir que esté mal recordar a los difuntos, todo lo contrario, pero deberíamos hacer ver a esas personas cuando aún siguen con nosotros lo importantes que pueden ser.

Desde siempre se ha conocido a varios artistas que en vida fracasaron pero que tras su pérdida resulta que triunfan y pasan a ser leyendas. Opino que es un poco injusto que pase eso y todo es culpa nuestra por no saber valorar el trabajo y el esfuerzo de los demás. Solo queremos que los demás vean lo que nosotros somos capaces de demostrar al mundo, nuestras habilidades y esfuerzos, pero cuando la otra persona hace ver que el también tiene alguna capacidad de demostrar algo o miramos para otro lado o simplemente nos dedicamos a sacar fallos y minar la moral de dicha persona. Luego que si premios, medallas, etc...que el autor de dichas obras no podrá disfrutar porque cuando pudo hacerlo estaba tirado en la calle dando gracias a los cielos por poder sobrevivir un día más.

¿Tan difícil es que nos apoyemos entre todos y que sepamos ver cuando una persona hace algo bien? Parece que la raza humana solo sabe sacar defectos de la gente y echar mierda encima hasta que sepultan del todo. Que bien viene la frase esa de "por matar a un gato me llaman matagatos".

Qué bonito ser una leyenda.

En fin, aunque no sea un texto literario me apetecía compartir esta reflexión con la poca gente que me lee. Dadle a la gente el valor real que se merecen cuando puedan disfrutar de ello.

domingo, 1 de marzo de 2015

Domingos de papel y cieno

Supongo que la vida son idas y venidas, pros y contras, lo que conocemos como el yin y el yang. Momentos que por nada del mundo te gustaría que se perdiesen y otros, en cambio, que perderías absolutamente todo por perderte solo con tu única compañía. Pensar que sabes de todo y a la vez saber que no sabes absolutamente de nada. De esas veces que sabes que tienes más ganas que nunca de darlo todo por algo y ocasiones en las que estas cansado de darlo todo y no quieres dar nada, aunque en estos casos, muchos acabamos haciendo lo mismo de siempre. Como si fuera un bucle en el que nos vemos inmersos y del cual no podemos salir por mucho que queramos y lo intentemos.

Solemos llenar nuestra cabeza con pensamientos positivos y alentadores porque a pesar de todo sabemos que tenemos que ahogar de alguna manera lo negativo. O aprender a vivir con ello. Como reírse de prácticamente cualquier cosa aunque por dentro la tristeza te inunde. A veces es bonito convivir con la oscuridad de nuestros pensamientos, es algo que se aprende con el paso del tiempo y el devenir de los días. 

Decir adiós es una de las cosas que menos nos gusta, y en muchas ocasiones para conocer cosas nuevas es necesario despedirse. Son polos opuestos, las dos caras de la misma moneda, extremos tan distintos y a la vez tan parecidos. 

Dicen que de fallos se aprende, pero no siempre es así, porque de alguna manera nos cuesta desprendernos de lo que solemos hacer y somos, y aunque sepamos que son fallos en la mayoría de ocasiones lo único que hacemos es camuflarlos por un tiempo mayor o menor, pero esconderlos al fin y al cabo.

Esperaré mi momento acariciando con los labios el suave filtro de un cigarro. Aunque no sé muy bien si ese momento es bueno o malo, si es negativo o positivo, pero le esperaré y con la mayor de las fuerzas le abrazaré, porque a pesar de todo ese momento es de mi pertenencia.