Los pocos rayos de luz que se resisten al paso del tiempo golpean mi rostro a la vez que la musicalidad de la naturaleza alimenta mis oídos. La brisa que pasa de vez en cuando me saluda con un leve silbido y me acaricia con su casi inexistente frescor, que aun así consigue ponerme el pelo de punta.
Observo el interminable camino que puedo vislumbrar en el horizonte. Un par de hileras de grandes árboles se encuentran a ambos lados, dándole sombra a la tierra seca y delimitando una especie de perímetro que lo separa de la densa hierba que pace por el resto del terreno. En el suelo se pueden ver ya las primeras hojas caídas del otoño, que dentro de no mucho tiempo formarán parte de una gran capa marrón y crujiente sobre la que caminarán miles de pasos.
Por otra parte el cielo es claro, de un azul claro, pero que presenta gran fuerza en su tono, y, bañándolo, un gran cúmulo de nubes blancas que parecen formar una cordillera increíblemente extensa, dejando pocos huecos para dejar pasar la luz que el sol nos regala.
Y aquí estoy yo, sintiendo una gran tranquilidad perdido en medio de la nada, pero una nada muy sabia y precisa que nos da la naturaleza, que crece y pasa por donde lo necesita, buscando siempre la manera de vivir y seguir sus pasos, para molestia de muchos.